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Castillo de Alburquerque: la puta y el Príncipe

d.b
BADAJOZ. Alabadas sean las putas, porque ésta que aquí comienza, es la leyenda de una de ellas. Inés de Castro ha sido, es y todo apunta que será para siempre la puta mayor del reino en la historia de las monarquías europeas. Bajo la prohibición de llamar a las cosas por su nombre, los historiadores de la época, la mayor parte perteneciente al clero, han tildado de amante, locura de amor o de relación escandalosa, lo que a todas luces se podía escuchar en la Corte portuguesa, que Inés de Castro era la puta del Infante Don Pedro. Éste, casado en segundas nupcias con Doña Constanza, hija del poeta Don Juan Manuel, tenía un carácter extremadamente apasionado y arrebatador, que no colmaba ni mucho menos con el cuerpo y coño de su mujer y madre de dos de sus hijos (antes del tercero). Por ello, Pedro tenía un séquito importante de prostitutas a su merced, la mayoría de ellas, nodrizas, doncellas o criadas sirvientes, de entre las que destacaba, Inés de Castro, prima de Don Pedro y dama de compañía de Constanza, a la que servía en todo momento.

Antes do fim do mundo, despertar,
Sem D. Pedro sentir,
E dizer à donzelas que o luar
É o aceno do amado que há-de vir...

E mostrar-lhes que o amor contrariado
Triunfa até da própria sepultura:
O amante, mais terno e apaixonado,
Ergue a noiva caída à sua altura.

E pedir-lhes, depois, fidelidade humana
Ao mito do poeta, à linda Inês...
À eterna Julieta castelhana
Do Romeu português.

- Por Miguel Torga -

Doña Constanza era consciente de todas las infidelidades de su marido el Infante, pero al ser un matrimonio de conveniencia, típico de la aristocracia, permitió todas las violaciones y excesos sexuales de Don Pedro, nada nuevo bajo el sol, el mismo libertinaje real que se repite, ya sea en Portugal, como en España, igual en el siglo XIV como en el XXI. Aun así, Constanza sabía que Inés de Castro era la puta oficial del reino, la preferida de Don Pedro, la más bella, guapa y buena mujer que un hombre de la realeza se puede beneficiar en la cama, ya que aseguraba todas sus fantasías, inclusive las mamadas hasta el final. Por todo ello, Constanza intentó por todos los medios echar fuera de la Corte a Inés. Así, decidió en primer lugar que Inés fuera la madrina del tercer hijo que traía en vientre, pues entonces, esta especie de parentesco espiritual, impediría cualquier unión futura que pudiese dibujarse entre Pedro e Inés. Pero al fracasar este primer plan, pidió ayuda al Rey Don Alfonso IV, padre de Don Pedro, que sorprendentemente concedió la cabeza de Doña Inés y la desterró de Portugal, destinándola al Castillo de Alburquerque, en tierras extremeñas.

El sorprendente exilio de Inés de Castro al Castillo de Alburquerque en 1344 tenía una buena causa y razón de fondo, pues Inés era familiar de Don Alfonso Sanches, constructor de tal castillo, que amamantado y educado desde pequeño por Doña Teresa de Alburquerque, era, curiosamente, hijo bastardo del Rey Don Dinis de Portugal, padre del Rey Alfonso IV, y por lo tanto, hermanastro de éste último. Sus rivalidades y desavenencias entre ambos, hicieron que el Rey no sólo no tuviera ningún favor con Inés de Castro, sino que propició que la sentenciara desde el primer momento, haciéndola la vida imposible, hasta acabar ésta en tragedia. Prensa rosa de la época al más puro estilo shakespeareano.

Refugiada en el Castillo de Alburquerque, Inés de Castro fue visitada a escondidas por su primo el Infante Don Pedro en más de una ocasión, pese a la gran distancia que les separaba, llegando a hacer cientos de kilómetros en cada viaje (tardaba días en llegar), y todo para poder follar una vez más con su mejor prostituta. Aquí, en este Castillo, en la clandestinidad, el primogénito de Inés y Pedro, de nombre Alfonso (en homenaje al Rey que la había desterrado, qué ironía), fue engendrado. Y es que, enchochado como estaba el Príncipe, en la Corte sólo se hablaba sobre lo buena que debía de ser Inés en la cama.


Sumérgete ahora en el polvo perfecto que una escritora te trae con mucho talento.

Inés de Castro, musa de la poesía

d.b
MAD. No ha habido una mujer ni personaje no de ficción que haya alcanzado una repercusión tan grande en la poesía como Inés de Castro. Y no porque fuese poetisa, que no lo era, sino por ser «la deseada» por tantísimos escritores que se han fijado en ella como musa e inspiración para reflejar su historia de amor carnal con el rey portugués Pedro I.

Poetas como Manuel Alegre, Miguel Barbosa, Manuel María Barbosa du Bocage, Augusto Casimiro, Natália Correia, Curado e Melo, Jorge Emílio, Tomás de Figueiredo, Luisa Futoranski, Núno Júdice, José Ledesma Criado, Afonso López Vieira, Artur Lucena, Moita Macedo, Rui Mendes, Carlos Nejar, Fiama Hasse Pais Brandão, Joaquim Pessoa, António Ramos Rosa, António Rebordão Navarro, Garcia de Resende, António Salvado, Ary dos Santos, Silva Tavares, Miguel Torga, Luís Vaz de Camões, Santos Viega o Virgínia Vitorino han plasmado en versos la pasión y vida de una española, reina, después de muerta, en tierras de Portugal.


En los próximos capítulos de este extenso reportaje, iremos recordando para quienes ya la conozcan la misteriosa y poética tragedia de Inés de Castro o dándola a conocer para los que no han oído hablar de ella o no se han atrevido a profundizar sobre la misma. Eso sí, siempre con versos de telón de fondo.

En versión original, comenzamos con uno de los mejores sonetos escritos sobre esta musa de la poesía, conocida en la época (siglo XIV), como «cuello de garza», de una elegancia extrema y rubia como el sol, como pueden comprobar en el grabado, inédito en la Red, gentileza exclusiva de «La polla en verso»:

Repousaram enfim. Sonham agora
aquele grande sonho interrumpido
-O maior sonho que se tem vivido
sonho que fulge em cada nova aurora!

-
Beijam-se os dois amantes hora a hora.
E no grande sossego apetecido,

Murmuran ambos eles num gemido:
«Só é perfecto, imenso, o amor que chora!».

Inês, oh! linda Inês! «garça real»
que por um bem sofreste tanto mal!
Dorme, dorme o teu sono tão profundo.


O teu Pedro te embala, nesse Amor
que há-de ter sempre o nome de Maior!
que há- de ser novo- «Até ao fim do mundo...»

- Virgínia Vitorino -



Revive uno de las historias más apasionantes de un poeta... La maldición de César González-Ruano.
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