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Soneto el arma que empuñan en duelo – 2ª Punzada

d.b
MADRID. El restaurante Lhardy de Madrid conserva hoy día las míticas e inolvidables fiestas de los fantasmas de antaño. Aparte de sus aceitunas y su inigualable soufflé (solo por eso merece la pena ir), el encanto y jolgorio de una memorable cena se recuerda todavía en las paredes del refectorio, un salón que transporta al invitado al pasado, donde Vicente Aleixandre, José Hierro, Federico Muelas, Gerardo Diego, César González-Ruano, Luis Rosales, Emilio Romero, Dámaso Alonso, Antonio Mingote, Rafael Penagos y Meliano Peraile, entre otros amigos, rindieron homenaje en la década de los sesenta a Manuel Alcántara, con motivo del Premio Nacional de Literatura logrado por su libro «Ciudad de entonces».


El malagueño comparte el güisqui y la ginebra con el Conde de Villamediana, otro fantasma juerguista y libertino, que lleva consigo además una fama de mujeriego y dandy, bien ganada, unida a la de maltratador y ludópata sin escrúpulos. Excesos que le valieron dos destierros de la Corte, uno destino a Italia, el otro a Andalucía.

Pero el punto de unión son los sonetos. Y quien piense que la vida y milagros de sus autores poco importa a la hora de escribir cae en un error de libro, pues más vale pecar de cotilla tomatero, que de filósofo ermitaño. Vístanse de los ropajes que quieran y juzguen sus obras al desnudo:



Soneto del Conde de Villamediana


Amor no es voluntad, sino destino

de violenta pasión y fe con ella;

elección nos parece y es estrella

que sólo alumbra el propio desatino.


Milagro humano es símbolo divino,

ley que sus mismas leyes atropella,

ciega deidad, idólatra querella,

que da fin y no medio a su camino.


Sin esperanza, y casi sin deseo,

recatado del propio pensamiento,

en ansias vivas acabar me veo.


Persuasión eficaz de mi tormento,

que parezca locura y devaneo

lo que es amor, lo que es conocimiento.



«Soneto para empezar un amor» de Manuel Alcántara


Ocurre que el olvido, antes de serlo,

fue grande amor, dorado cataclismo;

muchacha en el umbral de mi egoísmo,

¿qué va a pasar? mejor es no saberlo.


Muchacha con amor, ¿dónde ponerlo?

Amar son cercanías de uno mismo.

Como siempre, rodando en el abismo,

se irá el amor, sin verlo ni beberlo.


Tumbarse a ver qué pasa, eso es lo mío;

cumpliendo años irás en mi memoria,

viviendo para ayer, como una brasa,


porque no llegará la sangre al río,

porque un día seremos sólo historia

y lo de uno es tumbarse a ver qué pasa.

De Villamediana a Alcántara (soneto el arma que empuñan en duelo) – 1ª Punzada

d.b
MADRID. Un conde que esconde versos asesinados y un boxeador con guantes de auténtico lirismo memorable. Con cuatro siglos de diferencia, el soneto resuena con la misma paciencia con la que se inventó, tremendo fogonazo que queda en la retina y que la memoria se encarga de grabar en un disco duro con pocos olvidos o intentos de borrado. Vieja, deslustrada, denostada y aburrida, métrica sin par que entona impunemente el crítico con tradicional alegría, más nostálgica que brillante.

El Conde de Villamediana considerado, por algunos, el mejor sonetista en lengua castellana, fue –en la Corte del Madrid de los Austrias– el mejor amante de las lenguas femeninas. Por su parte, Manuel Alcántara cultiva el soneto como un hortelano a la antigua usanza, y en ese quehacer se yergue filosóficamente humano.
Un duelo con un mismo estilo de fondo, pero con matices bien diferentes. Aquí el primer asalto:



«El vino de los muertos» de Manuel Alcántara de «Manera de silencio» (1955)


Recuerdo el porvenir. Todo se sabe.
Lo que me espera es una vieja historia;
la muerte empezará por la memoria,
a vivir le echarán tierra y un ave

volará dicen (mucha duda cabe).
Lo demás nada importa, es trayectoria;
lo demás es dar vueltas a la noria.
Tenerse que morir, eso es lo grave.

El silencioso vino de los muertos
diariamente me bebo trago a trago
con la incontable sed de los desiertos.

Todo para acabar donde se empieza;
ya no sé si es vivir esto que hago,
la muerte se me sube a la cabeza.




Soneto del Conde de Villamediana

¿Es tan glorioso y alto el pensamiento

que me mantiene en vida y causa muerte,

que no sé estilo o medio con que acierte

a declarar el mal y el bien que siento.


Dilo tú, amor, que sabes mi tormento,

y traza un nuevo modo que concierte

estos varios extremos de mi suerte

que alivian con su causa el sentimiento;


en cuya pena, si es glorioso efecto

el sacrificio de la fe más pura

que está ardiendo en las alas del respeto,


ose el amor, si teme la ventura,

que entre misterios de un amor secreto

amar es fuerza y esperar locura.

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