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Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz (segundo combate de gozo)

d.b
MADRID. La coquetería y las galas femeninas se apoderaban de Teresa de Cepeda y Ahumada, cuando apenas contaba con quince años. Tal era el entusiasmo que derrochaba entonces que el galanteo que tenía con sus primos la llenaba de fervor, todo eso alejada de su padre –un austero y severo hidalgo–, que decidió internarla, primeramente, en el convento agustino de Santa María de Gracia, y posteriormente, en el Monasterio carmelitano de la Encarnación de Ávila.

Un novicio llamado Juan de Yepes Álvarez se cruza en la vida de Santa Teresa y contra natura pasa a ser su confesor en el Monasterio de Santo Tomás. San Juan de la Cruz, como será conocido, es veintisiete años más joven que ella, y es tal su locura, que emprende muchas veces el camino hacia la Encarnación, para allí confesar a Teresa, pese a que el orden de las carmelitas prohíbe que nadie vea a las monjas. En la celda de transverberación, la Santa no sólo es confesada por San Juan, sino que juntos allí levitan y reciben la aparición de Jesucristo en la cruz.



Esos pasajes de transverberación o experiencias místicas vividas con San Juan lo cuenta Teresa en algunos de sus escritos, en relatos que suscitaron mucha polémica, ya que poco tenían que ver con una Santa y a veces rozaban la pornografía: «Llevaba en la mano una larga espada de oro cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por momentos hundía la espada y traspasaba mis entrañas y cuando sacaba la espada me parecía que las entrañas se me escapan con ellas y me sentía arder en el más grande amor de Dios. El dolor era tan intenso que me hacía gemir, pero al mismo tiempo la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria que no hubiese yo querido verme libre de ella».
Antes de leer unos versos que confirman su intensa relación, os dejo una frase muy famosa de la Santa describiendo a San Juan: «Es pequeño, pero grande a los ojos de Dios».


«Llama de amor viva»
de San Juan de la Cruz:
¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!,
pues ya no eres esquiva
acaba ya, si quieres,
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
¡Oh cauterio süave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.
¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con estraños primores
color y luz dan junto a su querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!


«Sobre aquellas palabras»
de Santa Teresa de Jesús:


Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que es mi Amado para mí,
y yo soy para mi Amado.
Cuando el dulce Cazador
me tiró y dejó rendida,
en los brazos del amor
mi alma quedó caída,
y cobrando nueva vida
de tal manera he trocado,
que es mi Amado para mí,
y yo soy para mi Amado.
Hirióme con una flecha
enherbolada de amor,
y mi alma quedó hecha
una con su Criador;
ya yo no quiero otro amor,
pues a mi Dios me he entregado,
y mi Amado es para mí,
y yo soy para mi Amado.

Duelo místico entre santos (primer combate de amor)

d.b
MADRID. Se querían prohibidos y juntos levitaban. Formaban una gran pareja: el Santo y la Santa unidos. Pero ambos por separado, aunque en continua comunicación, llevando el hábito del Carmen desde Ávila por bandera, refundaron la orden de los carmelitas, a pesar de ser duramente censurados. La trascendencia y devoción por ellos es tal que las reliquias de la Santa –un corazón y un brazo– han ayudado en el lecho de muerte a infinidad de reyes españoles a llegar al otro mundo, incluso al mismísimo caudillo, el generalísimo Francisco Franco Bahamonde. Por su parte, el Santo, tras ser beatificado, canonizado y nombrado doctor de la iglesia, fue elegido patrono de los poetas españoles en 1952.


Y es tal el pecado que consciente decido acometer, que pongo en confrontación poética a los dos santos a los que me refiero, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, para que Vds. decidan cuál de los dos llevaba el peso de su heroica aventura de odio antónimo allá en el siglo XVI, o lo que es lo mismo, quién influyó sobre quién, quién llevó las riendas del intelecto reformista y místico hacia las más altas cotas de la divinidad humana.






«Vivo sin vivir en mí»
de Santa Teresa de Jesús:


Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.



Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.



Aquesta divina unión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.


¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.


¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.


Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.


Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.


Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.


Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.






«Vivo sin vivir en mí»
de San Juan de la Cruz:


En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo,
pues sin él, y sin mí quedo,
¿este vivir qué será?
mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo, porque no muero.




Esta vida, que yo vivo
es privación de vivir,
y así es continuo morir,
hasta que viva contigo:
oye mi Dios, lo que digo,
que esta vida no la quiero,
que muero, porque no muero.


Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer,
la mayor que nunca vi?
lástima tengo de mí,
pues de fuerte persevero,
que muero, porque no muero.


El pez que del agua sale,
aún de alivio no carece,
que la muerte que padece,
al fin la muerte le vale;
¿qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo, más muero?


Cuando me empiezo aliviar
de verte en el Sacramento,
háceme más sentimiento,
el no te poder gozar:
todo es para más penar,
y mi mal es tan entero,
que muero, porque no muero.

Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte,
en ver que puedo perderte,
se me dobla mi dolor,
viviendo en tanto pavor,
y esperando, como espero,
me muero, porque no muero.


Sácame de aquesta muerte,
mi Dios, y dame la vida,
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte,
mira que muero por verte,
y de tal manera espero,
que muero, porque no muero.
Lloraré mi muerte ya,
y lamentaré mi vida,
en tanto, que detenida
por mis pecados está:
¡oh mi Dios, cuándo será,
cuando yo diga de vero
vivo ya, porque no muero.
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