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El clamor de la memoria de Pepe Iglesias Benítez - 2ª Parte

«No he sido un poeta regionalista... pero he contribuido a que mi región (Extremadura) sea conocida, reconocida, valorada y respetada»

d.b / g.p
MADRID. En la presentación del libro «Clamor de la memoria», el profesor y crítico Alejandro García Galán afirmó que José Iglesias Benítez, Pepe, para sus amigos, es «uno de esos auténticos poetas sin más, ya sin adjetivos, de la Extremadura de finales del siglo XX: poeta vivencial, poeta de raza, poeta extremeño por lo que optó desde muy pronto, extremeño de ilusiones y de desvelos». De cómo contribuyó a levantar su tierra y otros pecados de gracia, a continuación.

¿Con «Revelaciones» deja de ser un poeta regionalista? ¿O nunca se etiquetó como tal?
Yo no me vi nunca como un poeta regionalista.... o sí. ¿qué más me da? Recordaré el tópico nerudiano tan repetido, aquello de que «quien canta a su aldea se vuelve (¿o la vuelve?) universal». Soy un poeta extremeño, que echa de menos una tierra que ya no existe. La Extremadura de hoy no es la que fue (afortunadamente, claro: ha mejorado mucho), pero yo no traté nunca de decir que mi tierra es la mejor, ni la peor... es la que yo echaba, echo, de menos. Aquella Extremadura se fue. La España rural se fue. Y con ella se fue el tiempo, nuestro tiempo, que es como decir nuestra vida... Pero la ciudad también se irá. Cambiará, y ya no será la misma... porque lo que echamos de menos no es una tierra sino un tiempo... el nuestro, y ese no vuelve.

Yo creé, contribuí a crear, con otros, una tierra, el sentimiento de una tierra que no existía y había que inventársela... y nos la inventamos. Y hoy Extremadura es una realidad, con ciudadanos que la hacen posible, con políticos que luchan por ella, cada uno desde sus ideas... está bien. Pero mi Extremadura era otra cosa. Es otra cosa. Mira, estos políticos se irán, los extremeños de hoy, también... pero la idea que los poetas levantamos de nuestra tierra pervivirá para siempre. No, no soy, no he sido un poeta regionalista... pero he contribuido a que mi región sea conocida, reconocida, valorada y respetada. No soy un poeta regionalista, pero he hecho «región». Y me siento orgulloso de ello.

¿Y cómo ha contribuido a hacer región?
Extremadura ha desempeñado un papel fundamental en mi obra. Los poemas del «Clamor de la memoria» sirvieron -si sirvieron- para decirle a mi tierra que un extremeño alejado de ella, la recordaba... Pero me da igual si los extremeños apreciaron el libro o no... yo hice lo que tenía que hacer y dije lo que tenía que decir... Hablé de mi tierra y de mi gente. Y punto. Hubo quien consideró que era un libro y una poesía localista y hubo quien lo alabó muchísimo.

Desde que llegué a Madrid (allá por el año 1978, que ya es tiempo) siempre estuve vinculado a los círculos extremeñistas. He dado recitales en todas las casas regionales extremeñas de la Comunidad de Madrid y en buena parte del resto de España. He llevado Extremadura como un bandera, como un apellido. Y a la hora de escribir le dediqué a mi tierra un poemario entero (ese «Clamor de la memoria», que hemos citado antes), pero los temas de mi poesía no se acaban en Extremadura: la poesía debe tener un componente humano, y este es siempre más grande que los límites de una tierra. En ese equilibrio difícil es donde pretendo moverme.



Hay un gran contraste en obras anteriores suyas como «Clamor de la memoria» o «Ritual de la inocencia» frente a «Revelaciones», ¿por qué ese cambio tan brusco?
Bueno, ya hubo gente que apreció un cambio sustancial entre el «Clamor de la memoria» y el «Ritual de la inocencia», que no tenía nada que ver con el anterior. He pretendido que en cada uno de mis libros la forma, el tema y la emoción fueran distintos. El poeta -al menos este poeta- escribe lo que siente, lo que le motiva en cada ocasión. Otra cosa es lo que publica. A la hora de publicar rompo mucho. Me coloco como un espectador enfrente del libro y procuro que tenga algo nuevo que decir. Si no, mejor callarse.


¿Sus primeros poemarios cómo fueron?
Escribí y publiqué, claro, un primer poemario amoroso: «Cuando el amor me llama». Era un poemario primerizo pero escrito con toda la sinceridad del mundo. Estaba enamorado y lo dije. Volvería a hacerlo. Como eran tiempos de «transición» y se llevaba más lo social, y yo había escrito mucha poesía social, hubo quien no entendió que la primera obra que publicaba fuera un libro de amor. Me reí de los que pensaron eso.

Y publiqué el segundo «En esta lenta soledad del día», donde había bastante de mi poesía social anterior. Entonces hubo quien criticó el que fuera una temática ya desfasada, pasada de moda, cutre y, encima, con metros clásicos... volví a reírme. Y seguí mi camino.

Camino del clamor y el ritual...
Con el «Ritual de la inocencia» hice una historia de amor que me apetecía... una historia de amor que dijo cosas nuevas, de forma distinta... pero entendible, asimilable... y ahí queda. En el «Ritual...» yo alzaba una obra de teatro... el teatro de un gran amor visto como espectador. Un amor que nace, crece, se ofrece al dios, a los dioses... se entregan los amantes, que son los ministros de ese amor... para, al final, descubrir que «¡todo es puro teatro!» Que en la vida, hasta los sentimientos que creemos más limpios, más verdaderos, no son más que teatro. Que en la vida cada uno nos ponemos nuestras máscaras y salimos a la calle a vendernos para que nos compren con unas monedas de cariño.

En «Clamor de la memoria», por su parte, yo recogía poemas que hablaban de mi tierra perdida, de la «saudade» por mi tierra y por mi gente y por una forma de vivir o de entender la vida que se había perdido para siempre. Y quise hacerlo con un lenguaje clásico: con los metros de siempre, con los ritmos de siempre... un libro que pudiera ser entendido por la gente del pueblo llano, por la inmensa mayoría. Y con calidad. Sin engañar al pueblo presentando como poesía auténtica bazofia, como se le ha engañado tantas veces. Yo pagaba así una deuda que tenía con Extremadura.

Temas distintos todos ellos...
En «Clamor...» yo hablaba de Extremadura y en «Ritual...» hablaba de amor. Pero en mis libros anteriores «Cuando el amor me llama», «En esta lenta soledad del día» o «Retablos de amor profano...» tampoco trato temas repetidos. Cada uno de ellos tiene su propio mensaje y su propio lenguaje para transmitirlo. Repito: es que si no hay nada nuevo que decir, mejor callarse.

En «Revelaciones» por el contrario soy yo el que cobra una deuda a la ciudad. La deuda que la ciudad tiene contraída con todos los que la habitamos, la llenamos de vida y de alegría, y luego nos damos cuenta de su deshumanización. Supongo que este sentimiento de deuda que hay que cobrar tiene que ver con el sentimiento de pérdida que conllevó venirse a ella desde el pueblo chico que nos amamantó. Es la soledad en la ciudad. No es que busque la huida del caos, es que trato de reflejar el caos. Y cada uno allá con la salida que le busque a su propio caos interior. No tiene nada que ver con los libros anteriores.

Continuará... (Os dejo antes unos versos de «Clamor de la memoria», en concreto de su poema «Trajano visita Augusta Emerita»)


Trajano de alta estirpe, primero entre los cónsules,
vencedor de la Dacia, de poderoso brazo
y lengua rumorosa, ya sube a la tribuna.
el oro en los ribetes de su manto refulge
y el pueblo estalla en vítores. Emerita se inflama.

[...]

No son piedras las piedras. Son venas, corazones
palpitantes ayer, y ahora resurrectos,
con sangre nueva laten, que Mérida está viva.

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