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Entrevista con el poeta José Iglesias Benítez. (Publica «Revelaciones» -1ª parte)

«Doscientos años de tonterías han convertido la poesía en una chorrada ñoña o en una genialidad intelectual hermética»

d.b / g.p
MADRID. «Ese buen corazón, ese alma buena / que reparte los versos con sonrisas», tal y como lo define el periodista y poeta José Miguel Santiago Castelo, ese es José Iglesias Benítez, «poeta y extremeño», que con motivo de su nuevo poemario «Revelaciones» se ha atrevido a compartir secretos y reflexiones con «La polla en verso». Una obra compuesta de tres partes que nos lleva por un alucinante camino: los inmortales (protagonistas desahuciados de la sociedad, sin amor y sin esperanza); las estancias (lugares por donde transitan o pasan su vida esos protagonistas); y las voces (que se pierden en el vacío, sin respuesta posible: la incomunicación).

Con «Revelaciones» baja a los infiernos como Dante...
Con «Revelaciones» escribo un libro. Nada más. Escribo el libro de los solos. La ciudad crea solitarios: por muy Madrid que sea y por mucho que yo quiera a Madrid. (Es que parece que si nombro a la ciudad estoy pecando. O al menos soy políticamente incorrecto). Pues bien, sí. Madrid es la madre de la mayoría de nosotros, pero también es la madrastra. Y para el solitario (no sólo Madrid, claro, cualquier gran ciudad) es un laberinto en el que no encuentra salida, ni una mano amiga, ni un corazón cercano.

Claro que «Revelaciones» baja a los infiernos, o sus protagonistas bajan a los infiernos... pero ¿no es el infierno la ciudad para el espíritu del solitario? Si no hay Virgilios ni Beatrices que nos acompañen, salir, contemplar la ciudad es bajar a todos los terrores sin una mano a la que aferrarse.

Parece verse en «Revelaciones» una gran influencia del «Poeta en Nueva York» de Lorca. El Rey de Harlem y otras reminiscencias lorquianas parecieran estar presentes en la «Revelación final».
Bueno, pudiera ser... pero me cuesta algo de trabajo verme reflejado en sus poemas... El «Poeta en Nueva York» de Lorca llegó a mis manos cuando yo tenía apenas diecisiete años, y no acabé de leerlo porque me parecía demasiado surrealista y no lo entendía... Aprecié sus metáforas -no todas, claro- y lo rechacé, porque por entonces, sólo valoraba la poesía social, tan en boga... Pero si tú has visto coincidencias, las habrá, claro. De Lorca yo, entonces, apreciaba el «Romancero gitano», como casi todos los de mi generación.



¿Qué le ha influido entonces?
Algún tiempo después leí «Hijos de la ira», de Dámaso Alonso. Me gustó mucho más. Es posible que aún haya quedado alguna influencia de ese libro en «Revelaciones». Pero se pueden rastrear en él lecturas más recientes, pienso. No muy obvias, porque procuro alejarme de los autores que me gustan cuando escribo. Sin embargo todos somos hijos de nuestras lecturas. Es algo inevitable. Y no tiene por qué ser malo. Si uno lee a Miguel Hernández, a su través está leyendo a todo el barroco español. Pero eso no le quita validez a la poesía hernandiana, ¿no te parece? Lo importante es escribir bien y tener cosas nuevas que decir.

Para escribir «Revelaciones», también me ha influido el ir por las calles de la ciudad con los ojos abiertos, tratando de inventarme la vida de aquellos que daban una mayor impresión de soledad... observar a la gente anónima, ver cómo se desenvuelven... notar la desesperanza en sus ojos, en sus gestos. A veces, sólo el vacío.

¿No tiene nada de autobiográfico?
No. Conviene aclarar que no es un libro autobiográfico. Tendemos a confundir la poesía con la autobiografía. Y esto no es siempre así. La poesía es un acto intelectual, como todos los pensamientos y todas las emociones. Hay que ir desprendiéndose del mito romántico del poeta que canta siempre sus sentimientos cuando estos, además, son exaltados hasta la tragedia... Doscientos años de tonterías han acabado convirtiendo la poesía en una chorrada ñoña o en una genialidad intelectual hermética, apta sólo para iniciados. Pues yo creo que ya está bien. Hay que mandar al cuerno esas dos versiones de la poesía, que hacen de ella sendas caricaturas.

¿Doscientos años de tonterías?
A veces se habla (dependiendo de cada libro, incluso de cada poema) de la ciudad, de los personajes que la habitan (el poeta incluido); a veces se habla del interior del poeta; a veces se habla de lo que se dejó atrás ... y otras veces sólo se intenta jugar con el lenguaje y decirle a los demás que escribir gilipolleces es bonito, si te divierte. O que algunos, tratando de ser, o ponerse, trascendentes no escriben más que gilipolleces. O que gilipolleces sabemos escribir todos. (Bueno, algunos sólo saben escribir eso: tonterías con acento serio, chorradas disfrazadas de «ideas importantes»: gilipolleces). Pero hay que ser capaz de hacer un soneto barroco y hay que ser capaz de cagarse en la puta que parió al poeta que hizo un soneto como Garcilaso y luego no supo escribir un verso blanco con un mínimo de coherencia...

¿Y con qué poesía nos quedamos? ¿Cómo cree que ha de ser?
La poesía tiene que tener y provocar emoción, pero sin olvidar que es un acto de la voluntad y de la inteligencia. Yo pretendo que mi poesía comunique cosas, que hable y su lenguaje pueda llegar a casi todos, pero que también me sirva a mí. Ese «casi» que falta es la parte que el lector tiene que poner. Leer poesía no es fácil. La poesía requiere mucho más esfuerzo por parte del lector –por eso es minoritaria–. Pero también poetas debemos acercarnos a los lectores. Una poesía excesivamente hermética es difícil que llegue a un lector medio y termina perdiendo una de sus funciones: la comunicación.

¿Y cómo escribe Vd.?
Seguramente escribo como respiro o sueño. Forma ya parte de mi forma de ser. Y no podría ser de otra manera aunque quisiera. A veces me sorprendo a mí mismo pensando en endecasílabos, o escribo un apunte en el sitio más insospechado... en fin la poesía lo llena todo. Me reto constantemente. Y me busco. No consigo nada. No busco nada, fuera de mí. Si acaso, me reafirmo... y entre mis gentes me gano un vaso de vino cuando a alguien se le saltan las lágrimas por el pellizco de la emoción o de la admiración y dicen, sin poder aguantarse:«¡ponle una copa al poeta!» Pues eso. Con eso estoy pagado.

Continuará... (Pero antes os dejamos en exclusiva un anticipo de su «Revelación final»)


Que no os importe el rastro de baba en las aceras
ni esas manchas de orín en las esquinas
ni los charcos podridos de las lágrimas
que borran el asfalto con su lumbre:
son los signos que dejan los vencidos,
marcando el territorio de su pena.

1 huevos bien puestos:

MANDALAS POEMAS dijo...

Hola, un placer visitarte.Una muy buena combinación de las letras con las imagenes. Te invito muy cordialmente a mi blog: www.mandalaspoemas.blogspot.com

Desde Barranquilla, Colombia te envío un fuerte abrazo.

Víctor

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