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¡Feliz Cumpleaños Hadita!

d.b
MADRID. No son trujos los que traigo por escrito, ni jabones que se caen en el trabajo, son coñitos que te ofrezco con cerveza en los bares que cerramos: latinismo. Activa el bluetooth de tu móvil, compañera, que unas fotos te enviamos: pamplonada. Sintoniza el uhf: brrrrbrrrrrbrrrrr. Porque luchas y diseñas, porque ríes y te burlas, porque besas y suspiras: aaaaaaaaayyy calavera. Nos retiramos prontito, ya he soltado la herramienta, pásame el chocho, que he cambiado de camisa para cazar la gacela: vengavale. Se me pone tiesa en algún sitio, nunca digas que te estás quitando, porque somos la manada con hadita, canarios y perros asilvestrados. Sólo te digo una cosa, de krispis y anillos la estantería está en orden para batir a la presa: zacatraspa. Y yo que no soy más listo ni tonto que cualquiera, a mis cuarenta y pocos tacos, ya ves tú, igual sigo de flaco, igual de calavera, igual que antes de loco, por cantar, por cantar el blues, de lo que pasa en mi escalera. Aquí la polla en verso y calavera que te quiere.

«Yo no me río de La Muerte» (2ª columna)

d.b
MADRID. Hacer una reflexión echando la vista atrás es condenarse al fracaso cuando los argumentos que presentas son suposiciones basadas en escritos de dudosa y escasa fiabilidad. Puestos a suponer, los instintos de la lógica pueden ser igual de válidos que cualquier anécdota o leyenda urbana que se cuente. Lo que no podemos desechar como prueba para hablar de las causas del asesinato del poeta peruano Javier Heraud, es la carta que el 23 de mayo de 1963, su padre escribe en el periódico «La Prensa». Reproduzco para el caso algunas líneas sobrecogedoras:

«Mi pena se ha agrandado más al saber que había sido víctima de una cacería inhumana. Mi hijo pudo ser detenido sin necesidad de disparos, más aún, por cuanto, su compañero, había enarbolado un trapo blanco. No obstante eso, la policía y los civiles a quienes se azuzó les disparaban sobre seguro, desde lo alto del río, durante hora y media. Una bala explosiva, había abierto un boquete enorme, a la altura del estómago de mi infortunado hijo y muchas balas más se habían abatido sobre su cadáver».

Pueden leer más en «http://www.alexcondori.info/» y conocer por qué Heraud quiso luchar como guerrillero por su patria. También en «http://viktor724.blogspot.com/2007/05/javier-heraud-44-aos-de-su-muerte.html» sabrán todo so bre su vida y obra. Pero quédense conmigo, si desconocen por completo que el poeta siempre supo cómo iba a ser su muerte y así lo dejó escrito en más de un fragmento: «Es difícil rescatar / un poco de alegría [...] / yo he vivido entre / ruinas todo el tiempo / y cambiar un poco / de árbol y de pasto [...] / una granada roja / disparada en la batalla, / una mora caída con un niño, / por un poco / de pintura / y de granizo, / es / cambiar / también algo / de alegría / y de tristeza, / es cambiar también / un poco de mi vida, / es llamar también / un poco aquí a la muerte / (que me acompañaba / todas las tardes / en mi vieja casa, / en mi casa muerta)». Y escribe en otro poema Heraud: «Caminando un poco, / volteando hacia la izquierda, / se llega a las montañas / y a los ríos. / No es que yo quiera / alejarme de la vida, / sino que tengo / que acercarme hacia la muerte». Sabe sin lugar a dudas el destino que le espera.

El poeta murió en la primavera de 1963. Dos años antes había escrito: «Yo no sé por qué, pero cada vez que se anuncia la primavera, la muerte suele acompañarme diariamente y me sigue por debajo de los arcos, me persigue en las iglesias, me circunda en los cinemas y accede sonriente y taciturna a acostarse en mi cama, encima de la noche». Conoce cuándo va a morir y según se desprende de la última frase, conoce también que su lecho de muerte estará al aire libre, al raso, sin otro techo más que la noche y a su alrededor la primavera.

Rodrigo Machado fue el seudónimo que utilizó Javier Heraud como militante del Ejército de Liberación Nacional del Perú. Él dejó escrito en La Habana, meses antes de su muerte: «¿Se quedará en algún monte regado con una bala en el cuerpo? ¿Seguirá de viaje a la esperanza o lo enterrarán en el lecho de algún río, entonces enteramente seco?». Preguntas retóricas que se hace así mismo, a su alter ego guerrillero, cuyas respuestas conoce y están implícitas en las mismas.

«Yo no me río de La Muerte» (1ª columna)

d.b
MADRID. No es implicarse ni querer sentir el miedo de un hombre acostumbrado al olor y a la presencia de La Muerte. Tampoco es acordarse porque sí ni homenajear con bellas palabras a alguien que nunca he conocido, que apenas he leído y del que sólo sé cosas morbosas, despiezadas y vacías de su verdadero contexto. Pero son así desgraciadamente los poemas como la fama.


Nació el mismo día que yo, un 19 de enero, y murió hace unos días, el 15 de mayo, de hace 44 años. Realmente no murió, porque directamente lo asesinaron, baleado como se dice en Sudamérica, fusilado como se cuenta en España. Poeta de cuyo nombre desconocido en tierras españolas era respetado y célebre en Perú, país que acogió en todos los sentidos al joven Javier Heraud, aunque tan sólo por 21 años. Los paralelismos con Federico García Lorca son pocos. Pero hay uno en concreto que aterroriza si se comprende. Los dos conocían a La Muerte. A los dos La Muerte les obsesionaba desde su más tierna niñez. Su obra poética, sus versos, así lo reflejaron, con más o menos oscurantismo, con desprecio, como hábito, puesto que La Muerte les perseguía allá donde fueran, les acechaba, les seducía y a veces también les hablaba. Quien espera a La Muerte, no espera a La Vida, y los años no pasan, renuncian. Los que corren peligros siempre cantan la canción: soy el novio de La Muerte. Y yo me pregunto qué peligros corren los poetas...

Los que intiman con La Muerte, todos saben su destino, porque La Muerte en silencio mientras escriben se confiesa. De Heraud en vida son estos versos:


Yo no me río de la muerte:


Yo no me río
de la muerte.
Simplemente
sucede que
no tengo
miedo
de
morir
entre
pájaros y árboles.
Yo no me río de la muerte.
Pero a veces tengo sed
y pido un poco de vida,
a veces tengo sed y pregunto
diariamente, y como siempre
sucede que no hallo respuestas
sino una carcajada profunda
y negra. Ya lo dije, nunca
suelo reir de la muerte,
pero sí conozco su blanco
rostro, su tétrica vestimenta.
Yo no me río de la muerte.
Sin embargo, conozco su
blanca casa, conozco su
blanca vestimenta, conozco
su humedad y su silencio.
Claro está, la muerte no
me ha visitado todavía,
y uds. preguntarán: ¿qué
conoces? No conozco nada.
Es cierto también eso.
Empero, sé que al llegar
ella yo estaré esperando,
yo estaré esperando de pie
o tal vez desayunando.
La miraré blandamente
(no se vaya a asustar)
y como jamás ha reído
de su túnica, la acompañaré,
solitario y solitario.

Como se hace un poema Maria Zambrano

-Capítulo V-

d.b
MADRID. El cuarto y definitivo poema que escribió María Zambrano está a medio hacer. El original al que tuvo acceso Jesús Moreno Sanz está sumamente corregido, lleno de tachaduras y con algunos versos difícilmente legibles. Antecedente de los dos poemas anteriores en castellano, en este, la voz de la poetisa vacila entre la ironía y la resignación. Es ya herida que rechaza los elementos configuradores de la supervivencia vital, más concretamente de imágenes y recuerdos de su infancia en Andalucía. Apuntes del fracaso histórico de España que se relaciona con la angustia personal de la autora en un intento o búsqueda de purificación y reencuentro con la realidad. De nuevo, lo esotérico, lo místico y el simbolismo son las piedras rosetas claves para descifrar los caminos de la intelección que perfila en sus versos.

Lo que a continuación presentamos en este último capítulo es un esquema-borrador reconstruido de lo que pretendía ser un poema. Entre paréntesis se hallan palabras inteligibles y en interrogante los dudosos. A la izquierda parecen destacarse palabras fundamentales para guiar o acoplarse a los definitivos versos que pretendía tener el poema:



Cuarto Poema: Esquema-borrador (1946-48)


Pámpano, rosa, las eras
Las navas
Altura carrascal
cántaro, hombre, las eras
ladera, azul, la quebrada
cabrerizo, gris, las breñas
la enramada y el molino
y a mí qué, de qué te quejas
taciturno. Horado [-----------------]
siempre, jamás, nunca
amor, ausencia
Silencio. Ya no más
qué lejos
Pan: cántaro, hogaza
no vuelvas.
Muerto y yerto. Calcinado
ardiente y feliz, las arenas
juntas, secano
huidas barbecho, quietud, [-----------------]
cuita, faenar (?), gozo (?) siesta
llanto (?), amor, serranía (?)
aire Amanecidos
soledad, angustia, calma
sonrisa. ¿Por qué no?
reja (?)
colibrí y mes de mayo
siempreviva, candela
enlucida, cal, claveles
rosa y tomillo [-----------------]
acacias entre dos luces
enterrarme (?) mecida (?) vega
cantueso, humilde, brega
di que sí y será (?) Alondra, paloma
risa. ¿Qué esperas?
No [-----------------]
Ensimismado y amargo
España, amarilla; [-----------------]
Desconocido y [-----------------]
Confuso [-----------------] pelea
tártagos humillada y sin ventana
ya acabó. Desvívete
No te mueras
Resucita y agoniza
No te mueras
Resucita y agoniza
No te detengas. Sierpe. Sirena.
¿Para qué? ¿No ves?
No quiero: quería. Sueño
La sombra Ancestro. Fiera
de la
Corneja
No vuelvas
Ojos, manos, atropello
helada, acecho, qué pena (?)
entregas
extranjería [-----------------] [-----------------]
embelesos Madrugada embebiendo (?) Pecado
Culpa. No vuelvas
No vuelvas. No [-----------------] cuitas
Las candelas sudores Amor
Antes de Nada
morir No vuelvas
quisiera Nadie esta nada
transverberación (?) Estrellas Alba
y Ángel ¡La Virgen! Luna, El Mar
o La luz
substancia Paraíso. Entrañas Madre
herida. Pero La alba
esencia No vuelvas
huesos
médula
deshechos
al cabo de tantas penas
qué vida
Virgen. Paloma. Pureza
Taciturno [-----------------] nada
Protestante, Rienda
suelta
caridad
locura viviente
obediencia
Libertad. No: admirar
¿Por qué no me
entiendes? ¡Señor!

¿María Zambrano escribió poesía? (Cap.IV)

Ser o no ser, pienso o sueño, luego...

d.b
MADRID. Su tercer poema es de los cuatro el más corto en extensión. Y aparentemente el más sencillo que habilita a cualquiera hacia una comprensión inicial del complejo mundo filosófico de la poetisa. Transcrito a mano por Zambrano, fue dedicado y remitido al poeta panameño Edison Simons el 2 de febrero de 1978, pese a ser escrito en 1950, antes de abril, como dice la autora en la leyenda, mientras permanecía en el Albergo d´Inglilterra, en Roma, donde se encontraba de viaje con su hermana. El motivo: el autor panameño del libro de poemas «Mosaicos» era amigo íntimo de la filósofa española, según la correspondencia conocida que mantuvieron durante años. No es de extrañar los lazos de amistad mantenidos con un sinfín de escritores caribeños, pues hay que recordar que Zambrano residió en varios periodos de su vida en La Habana, Cuba, desde 1940 a 1946 y de 1951 a 1953, al estar exiliada de España tras la Guerra Civil.

De nuevo el imaginario simbólico surge con fuerza a través del «aliento, fuego, árbol, llama, agua» como conceptos de materia creadora. E igual que en el anterior poema, el límite de la percepción humana, el límite de la memoria, nos conduce hacia un nihilismo que asoma en el último verso retóricamente junto al alma. Es un incomprensible anhelo vital que choca contra la nada. Es el papel de los sueños y sus conexiones con la contemplación y la conciencia. Una meditación poética que también os presento en francés:



Tercer Poema: «Para Edison Simons» (1950)

El agua ensimismada
¿piensa o sueña? El árbol que se inclina buscando sus raíces
el horizonte, ese fuego intocado
¿se piensan o se sueñan?
El mármol fue ave alguna vez,
el oro llama;
el cristal aire o
lágrima
¿Lloran su perdido aliento?
¿Acaso son memoria de sí mismos
y detenidos se contemplan ya para siempre?
Si tú te miras, ¿qué queda?

(traducción al francés de Robert Marteau en 1989)

L´eau en soi-même mise
elle pense ou se rêve?
L´arbre qui se penche en quêtre de ses racines,
I´horizon,
ce feu intouché
ils se pensent où sè rêvent?
La marbre une fois fut oiseau,
flamme, l´or,
air ou larme le cristal.
Pleurent-ils le souffle perdu?
Peut-être sont-ils mémoire d´eux-mêmes
qui retenus à jamis se contemplent?
Si tu te mires, que reste-t-il?.

Poemas del alma y de la razón (Cap.III)

«El delirio del incrédulo»

d.b
MADRID. Su segundo poema nos pone en antecedente directo de una de sus teorías filosófico-poéticas. Nos referimos a su teoría de la imagen y del delirio que conducirán a Zambrano a su mayor logro: la razón poética. «Delirio del incrédulo» que es así como se titula el poema, es una inmersión de la razón por los intersticios de la conciencia. Escrito en 1950, posiblemente mientras se recuperaba de una enfermedad, está íntimamente ligado a su libro de 1948 «Delirio de Antígona», unos delirios que emergen en toda su potencialidad simbólica como método-género.


Quizás sea por influencia de San Juan de la Cruz, de Miguel de Unamuno, de Antonio Machado o de Luis Cernuda, pero la verdad es que lo místico, el más allá, como lo califica Zambrano en su poema, alcanza una resonancia visionaria como ascensión en el espacio-tiempo por el mundo del alma.


Dos voces entran en diálogo a lo largo del poema. Por un lado, la voz de la conciencia, por el otro, la voz del alma. Las claves del imaginario o mundo de la imaginación que Zambrano crea a través de los elementos simbólicos, tales como «soplo, aliento, pupila, fuego, luz, agua», son fundamentales en la misión unitiva de la experiencia, el pensamiento y el saber, pese a que al final se imponga la impotencia. Es por eso, que está siempre presente el límite de la nada, en este poema, inaccesible e infranqueable para la conciencia. Inusitada entelequia para labor interpretativa de todo aquel que lo ojee:



Segundo Poema: «Delirio del incrédulo» (1950)


Bajo la flor, la rama
sobre la flor, la estrella
bajo la estrella, el viento
¿Y más allá? Más allá ¿no recuerdas?, sólo la nada
la nada, óyelo bien, mi alma
duérmete, aduérmete en la nada
si pudiera, pero hundirme.

Ceniza de aquel fuego, oquedad
agua espesa y amarga
el llanto hecho sudor
la sangre que en su huida se lleva la palabra
Y la carga vacía de un corazón sin marcha.
De verdad ¿es que no hay nada? Hay la nada
Y que no lo recuerdes. Era tu gloria.

Más allá del recuerdo, en el olvido, escucha
en el soplo de tu aliento
Mira en tu pupila misma dentro
en ese fuego que te abrasa, luz y agua.

Mas no puedo. Ojos y oídos son ventanas
Perdido entre mí mismo no puedo buscar nada
no llego hasta la Nada.
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