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Entrevista con Manuel Alcántara (2ª Parte)

«El primer mandamiento es no aburrir a Dios sobre todas las cosas»

d.b
MADRID. A lo largo de su vida Manuel Alcántara ha recibido muchos premios tanto por su faceta como columnista como por la de poeta. Sus artículos le han hecho merecedor entre otros de: el «Premio Juventud» (1955), «Premio Periodístico Comité Español de UNICEF» (1993), «Premio Javier Bueno de la Asociación de la Prensa de Madrid» (1997) y el premio «El Torreón de la Fundación Wellington» (2006). Debido a sus creación literaria ha recibido numerosos galardones entre los que destacan los prestigiosos «Mariano de Cavia», «Luca de Tena» y «González Ruano», además del «José María Pemán» y «La pluma de oro de la Escritura de Parker Waterman».
¿Es por encima de todo poeta?
Yo creo que sí, lo que pasa es que ser poeta no es una profesión. En el carné de identidad yo pongo escritor. Poner poeta es muy pedante. Aspiro a ser un tal poeta y a un tal periodista.
¿Qué motivos tuvo Manuel Alcántara para meterse en el vertiginoso mundo del periodismo? ¿Entendía el periódico como medio de ganarse la vida?
Yo empecé haciendo versos. Escribí en los semanarios universitarios de la época. Había uno llamado «Juventud», donde conocí a Jaime Campmany y a Salvador Jiménez, teníamos 20 años y ellos fueron muy influyentes para que escribiera prosa. Después me dediqué a la crónica de boxeo. Es absolutamente freudiano, porque yo de niño, en mi casa de Málaga, tenía un balcón donde había un solar grande, que era una fábrica de ladrillos, donde daban boxeo todos los sábados. Y cuando yo daba la lata me decían: «bájate con los boxeadores», y así los veía entrenar.
¿Y practicó boxeo? ¿Se puso los guantes?
Sí, hice mis pinitos en calidad de aficionado. Era un fino estilista. Luego tuve la suerte de recorrer medio mundo con el boxeo. Yo tengo aquí muchos libros de boxeo junto con poemas de Quevedo y Góngora. Son buena mezcla.
¿A quién le daría un croché de izquierdas?
Hoy día a los fanáticos, a los que tienen la verdad incrustada en el entrecejo y son capaces de poner una bomba en un mercado. Ese grado de locura de creer que el mundo se mejora matando a alguien, ese no es el camino.
Hablando de actualidad, entre los temas que trata, ¿son los de carácter político los que más le interesan?
Ahora hay una gran intoxicación de comentario político en la sociedad. Es un empacho. Mi agnosticismo político se deriva en gran parte de cuando tenía ocho años y escuchaba refugiado en el sótano los bombardeos de la guerra. Lo único que piensas a esa edad es que mal se llevan estos señores que se están matando unos a otros.
¿Dónde radica la clave para tener tanto gancho con el lector y que sigan leyendo su columna desde hace tantos años?
Stevenson se murió tranquilo tras escribir La isla del tesoro y Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Pero en sus narraciones existe una cualidad sin la cual todas las demás son inútiles: el encanto. Hay, por tanto, una prosa que tiene encanto y que te lleva, y otra, sobrecargada, llena de datos y sentencias, que te hace muy fatigosa la lectura. Una cualidad del articulista debe ser la amenidad. El primer mandamiento es no aburrir a Dios sobre todas las cosas. Luego está la preocupación de ser asequible. La gente huye de la pedantería, no le gusta que le den lecciones. Yo creo que un artículo puede ser cualquier cosas menos un ensayo enano. El género es muy difícil y muy raro, porque participa del ensayo. Una de las personas que más admiro, es Fernando Savater, que es filósofo, y escribe artículos asequibles a todo el mundo. Se puede participar del ensayo y del relato. Por ejemplo, Manuel Vicent, escribe a veces una especie de cuento, que lo hace preciosamente.

Entrevista con Manuel Alcántara (1ª Parte)

«Mi poesía está traspasada por una comprensión melancólica del mundo»

Con casi 80 años y más de 17.000 artículos a sus espaldas, escribe incansable cada día -incluidos los fines de semana- su columna para los diarios del Grupo Vocento. El pasado 22 de marzo fue reconocido por la Asociación de la Prensa de Madrid como nuevo «Socio de Mérito».

d.b
MADRID. Mientras prepara un nuevo poemario, Manuel Alcántara me recibe, entre libros y cuadros llenos de historia, en su acogedora casa de Madrid, donde se halla pasando unos días antes de regresar a su Málaga natal, a su hogar del Rincón de la Victoria. Su «ruidosa» máquina de escribir, como él dice, y el «milagroso» fax, gracias al cual envía su artículo al periódico, acompañan al escritor, que parece dispuesto a revelarnos el secreto de su infatigable vitalidad.
De nuevo por Madrid...
Cincuenta años seguidos he estado viviendo en Madrid y la amo de veras. Mi vida hubiera sido distinta de no haberse desarrollado aquí. Ahora vivo más tiempo en Málaga. Me gusta mucho el mar. Oigo desde mi cuarto el Mediterráneo, que es una mar femenina, y me produce un estado de hipnosis. Puedo estar muchas horas mirando el mar, pero yo tengo medio corazón madrileño. Es curioso, me lee mucha gente de Madrid por Internet y también por una agencia que distribuye mis artículos. Me llamó hace poco un amigo de la milicia universitaria que le perdí la pista hace cuarenta años y me contó que me leía desde Canarias.
No le he felicitado por el galardón que le ha concedido la Asociación de la Prensa de Madrid.
Me he enterado aquí en Madrid. Además con Victoriano Crémer, una vieja amistad, sobre el que he escrito recientemente, cuando cumplió la excesiva edad de 100 años y que conozco de toda la vida. Fue un homenaje íntimo en compañía de amigos como José Luis Garci o Enrique de Aguinaga, donde intervinieron además los periodistas malagueños Teodoro León Gross, que me comparó con Larra, y Luis Prados de la Plaza, quien habló de las dos grandes ciudades de mi vida en su discurso «Manolo Málaga y Manolo Madrid». El último premio que recibí fue uno que se llama El Torreón, donde vivía Ramón Gómez de la Serna. Me lo concedió un jurado presidido por Saramago. Un premio que no hay que presentarse como este. Por eso lo agradezco mucho y me sorprende. Yo creo que estos premios me lo dan ya por «viejo» (risas).
¿Tiene quizás el premio menos valor para usted?
No, ni mucho menos. La gratitud es de las pocas virtudes que tengo, y siento un agradecimiento profundo. Pero lo que ocurre es que después de tantos años yo creo que me he convertido en el decano de los columnistas. El año pasado ha muerto Cándido y mi Jaime Campmany, que era mi hermano y me llevaba a todas las publicaciones. Éramos muy amigos, porque había trabajado con él siempre. Y encima, Paco Umbral no está quizás en su mejor momento de salud. Sobreponerse es lo más importante. Los años pasan y hay que hacer hueco a otros. Pero yo estoy dispuesto a resistir todavía.
¿De dónde saca tanta vitalidad?
Yo pertenezco a una generación que ha intentado apurar la vida siempre. Todos mis compañeros han sido bebedores, no sé por qué, pero son corrientes de época. El tiempo es otra materia prima y nosotros estamos hechos de tiempo. Cuando uno se muere ya no tiene tiempo para nada. Lo dijo insuperablemente Borges: «el tiempo es un tigre que me devora, pero yo soy ese tigre». A este mundo se viene a vivir, eso es lo más importante. No me gusta la gente permanentemente disgustada.
¿Pero hay siempre cierto amargor en su poesía?
Es una visión personal, pero transferible. Yo no creo en la poesía festiva o satírica, que te puede divertir. La poesía está traspasada por una comprensión melancólica del mundo.
Como cuando escribió los versos: «lo demás es dar vueltas a la noria / tenerse que morir eso es lo grave».
Eso lo has notado, poco tiene que ver mi prosa con mi poesía. En un artículo se puede emplear la ironía que sirve para todo, pero no para poesía. La poesía es algo más grave, es una visión traslúcida. La poesía debe aspirar a que no haya palabras baldías. A mí la poesía demasiado discursiva o narrativa no me gusta sin negarle la gran categoría que pueda tener. Mucha gente defiende que este poeta o el otro expresan muchas cosas, pero más cosas dice Hegel o Schopenhauer. Yo prefiero más el verso que condense fuerza, que sea memorable. Fíjate la precisión de la palabra en Borges, no sobra nada. Varios sonetos suyos, si se hiciera una antología del soneto muy estricta, deberían figurar. Cuando escribe: «Bruscamente la tarde se ha aclarado / porque ya cae la lluvia minuciosa. / Cae o cayó. La lluvia es una cosa, / que sin duda sucede en el pasado».

Yo, Claudia

d.b
MADRID. A Claudia solo le importa Claudia. La mueca de su rostro denota la infranqueable trascendencia que su ser oculta. La vida sin amar a nadie en una continua transformación quieta. Su corazón es de mármol, no heredado, construido por sí misma con el pasar de su niñez, y funciona en el caos para alimentarse a ratos, a impulsos irremediables de necesidad. Impuesta la frialdad por trinchera, en la paradoja desconocida tiene siempre presente el instinto de supervivencia mientras se autodestruye. Es de hielo anhelante, pero su fin es caliente, deshecha en el hombre que haga volar la estructura hermética que aún protege a sus sentimientos. Que no fluyan, se dice. Cuando duda pide consejo a las amigas para reafirmarse en sus actos. Revivir el dolor, el desarraigo, puede empañar con lágrimas sus ojos. Porque ella es guapa: la elegancia insensible creada a partir de la herida. En una de las venas que llevan a su víscera muscular clausurada, sita en el tórax, habita un valeroso caballero desde hace no muchos años. Él ya está cansado. No sabe cómo quitar más minas anti-personas de las que prohíben el paso a la gruta que todos los hombres persiguen y nadie alcanza, porque él tampoco llega a su corazón. La próxima sabe que será la última, la que estalle definitivamente y la aleje de ella. A su manera, él es amado por Claudia, pero no es el elegido. El ego de Claudia busca que la contemplen, pero en secreto pide auxilio al rechazo. Sabe que para que sus emociones dormidas despierten, para que ella vuelva a ser la niña cariñosa y feliz de antes, necesita a alguien que la ignore y la ame a la vez, que levante sus celos airados y la libere de la cárcel donde se halla recluida entre la confusión y el agobio. Ella es una dulce paloma que requiere ser abatida para después renacer como ave en su esencia más pura. Cuando eso pase, la muralla habrá sido destruida y Claudia será boyante con todos los hombres que quiera. Hasta el momento, hierve la distancia. Si se entrega, quién fuera ánima incorpórea para estar en su mundo.

Los últimos poemas de César González-Ruano (Cap.VIII)

Y romper los versos… hasta sus últimos días de vida

d.b
MADRID. Imperceptible a las miradas ajenas, Ruano paseaba por Madrid su fracaso engreído con el disfraz de caballero. Marino Gómez-Santos lo describe en una ocasión volviendo del teléfono hasta su mesa habitual del Café Gijón: «volvía tosiendo, pero tosiendo con dignidad y hábito, como quien está acostumbrado a toser bajo suntuosos artesonados». Lleva una vida sedentaria, de costumbres fijas. En el periódico, igual transcribe una conversación con Cocteau, que divaga largo y tendido sobre los molinillos de aire o escribe de cualquier tema puros endecasílabos en muchos de sus artículos. Ruano se ha convertido en el primer escritor español que logra vivir exclusivamente de los periódicos escribiendo en ellos de lo que le venía en gana y como le daba la gana. Dispone incluso de un espacio fijo en la recién nacida Televisión Española. Es normal que le pidan autógrafos por las calles y sus firmas de libros son de lo más concurridas –no las de sus libros de poesía evidentemente–. Conferencias, estrenos, conciertos, devaneos amorosos, una intensa vida social en suma, que recoge en el best-seller del año, su libro de memorias: Mi medio siglo se confiesa a medias.
Aunque decidido a no publicar, a veces no puede resistir la tentación de escribir poemas. En una página de su Diario correspondiente al año 1953, anota: «he escrito por primera vez desde hace tiempo unas poesías. Poesías herméticas naturalmente. Todo lo que no es misterio en poesía sólo es verso. Las he roto». Es el postrer testimonio de un poeta resignado a no serlo. Hasta su muerte en 1965 se sucede muy a menudo este hecho, que confirma Manuel Alcántara cuando me entrevisté con él hace unas semanas: «a César le conocía todo el mundo por ser uno de los más prestigiosos columnistas de la época. Pero no se admite ser poeta y columnista a la vez, porque por pereza mental te clasifican solo en un rango. Se debe al afán de etiquetar. Cuando yo iba al Café Gijón o al Teide a ver a César, me lo encontraba escribiendo, no su artículo de todos los días, sino versos que después rompía». Y apostilla: «César se murió un tanto dolido por la falta de acogida seria de sus poemas». Como escribe en uno de sus poemas inéditos, escrito a vuelapluma, de un tirón y sin la más mínima corrección: «por aburrimiento llegaría uno al crimen fácilmente». Es uno de sus últimos versos, de los que se rescataron de las manos del autor que no llegó a romperlo. Os dejo -para concluir con el reportaje- con un fragmento de su Balada de Cherche-Midi, con la súplica de un verdadero «poeta»:

No dejéis que se pudra mi voz en las paredes
comiendo yeso herido
colgada de ella misma
como un pato olvidado o una rata partida.
No dejéis que me huela durante enormes tardes
el sobaco aburrido, el llanto que no llora,
el ancho olor profundo de uno mismo ya fuera
entre moscas pesadas como tercas conciencias.

«Su pene largo y ancho protege la vida de París» (Cap. VII)

Mataron al poeta César González-Ruano (Cap. VII)

d.b
MADRID. A su vuelta a España, sus siguientes cuatro años no son vividos, sino «bebidos» como diría Ruano a la pregunta de un periodista, y como confirma Ignacio Agustí: «enfrascado hasta las cuatro de la madrugada en diálogos estériles, lúbricos o alocados, mojados en litros de alcohol, con jóvenes poetas, barbotando frases ininteligibles». Por aquel entonces termina su Antología de poetas españoles contemporáneos, en las que reúne a más de 250 poetas en un abigarrado volumen de más de 900 páginas. Lejos de un estricto criterio selectivo, la amplitud de Ruano es generosa, e incluye un número considerable de poetas menores y mediocres, sin excluir a los mejores, quizás como muestra de lo que sí estaban haciendo con él injustamente otros críticos literarios. Él la concibió como un «Arca de Noé» para rescatar del diluvio del olvido «a tanto raro y olvidado» como abunda en la historia de nuestras letras. Entre otros, muy acertadamente a Rafael Lasso de la Vega, al canario Alonso Quesada, o al pintor Ramón Gaya, tres poetas a tener muy en cuenta.

En 1944, aislado en Sitges, cuida como no había hecho hasta entonces sus lazos y relaciones con los círculos poéticos. Pero la bofetada que recibe es definitiva tras la aparición de tres libros suyos de poesía que no aumentaron ni un ápice su reputación como poeta. Ruano, resentido en su propia estima, dolido en su orgullo, con una amargura mal disimulada, es incapaz de remontar el revés y se autoconvence de que no hay término medio, «si no se es un gran poeta, no se es poeta». De hecho, el golpe que le han asestado es tan traumático, que durante veinte años, hasta su muerte en 1965, no vuelve a publicar un solo verso. Regresa a Madrid resignado a seguir ejerciendo el oficio de «saber escribir» para continuar cultivando su éxito social como columnista. A continuación, se muestran dos poemas de esta última etapa floreciente, donde el alcohol y la pena van de la mano, junto con la aparición del sexo, en una atmósfera evasiva de lo desdeñablemente establecido y políticamente correcto que se adueña en el delirio de su poesía:


“Sueño noveno” 1945

Pasa bien este vino de un rubio de ingle tierna.
Lo bebemos encima de un ataúd.
Yo digo:
«¿Hasta cuando es preciso hacer literatura?»
Nadie sabe qué es eso.
Todos beben
y por el cristal del ataúd contemplo
un pájaro con cara conocida.
Es mi primera novia que me llama
maricón y borracho todavía.


“Don Juan” 1948

El español sale de las 7 1/2 de la tarde
con el mediodía en la corbata. Vagos
azahares andaluces protestan al asfalto
de París. Son las ocho menos cuarto.
El español busca algo digno de su sexo
quizá su propio sexo sin saberlo
en cualquier otro sexo.
Se toca el pantalón por las esquinas
que se dan el codo cuando pasa.
Quiere poner los cuernos al Presidente de la República
aunque solo sean las ocho menos cinco.

Hay que reconocer que es hermoso un hombre así
tocándose la entrepierna ansioso y a la vez despectivo
y negándose a conceder una palabra en francés.
Su pene largo y ancho, cartaginés, severo,
protege la vida de París.
El asfalto se ablanda a su paso
Junio humano y sol sin caderas.
El aire, este aire denso, urbano
suspira al notario pasar.
Los urinarios le llaman inútilmente.
¡Menudo hombre para dejarse convencer!

Los dioses le conocen por la forma del pelo,
por el movimiento de sus manos morenas
por la graciosa manera de escupir.
Hay que reconocer que es impresionante
un español así.
Convida a las mujeres de l´Etoile
el español. Él quisiera, aunque muy vagamente
acostarse con ellas. Después
vomita y se marea. Es mucho hombre
para que haga las cosas así como así.
Lo acuestan a las cinco treinta y cuatro, hora alemana
y en realidad, hermoso como un dios desenterrado
peludo y desnudado
en la cama de un hotel de París
no hay modo de negar que con su pene
entre las flacas piernas indecisas
es tremendo un español así,
solo, digno, dormido
a las once y cuarenta de un hotel.

César González-Ruano en la cárcel (Cap. VI)

d.b
MADRID. El 10 de junio de 1942 un acontecimiento imprevisto altera el rumbo de su vida en forma brusca: es detenido por la Gestapo y recluido en la prisión de Cherche-Midi. Las causas y antecedentes de este hecho constituyen uno de los capítulos más misteriosos de su biografía. En el momento de su detención, Ruano llevaba en la cartera la considerable suma de doce mil dólares de los de entonces y un valioso brillante de nueve quilates. Estuvo 78 días en prisión. Puesto en libertad condicional, abandonó Francia ilegalmente y regresó a España. Aquí compone, Balada de Cherche-Midi, el que a mi juicio es el más importante libro de poesía de todos los que ha escrito. Manuel Rivas recomienda la lectura del poemario simultáneamente con el que fue considerado el mejor en aquel año, Hijos de la ira de Dámaso Alonso. Que el lector observe, relea y analice ambos. Lo mires por donde lo mires la crítica se confundió intencionadamente; sin restar loa al por otro lado maravilloso libro de Alonso. Balada de Cherche-Midi está dividido en siete capítulos y escrito preferentemente en alejandrinos. Las imágenes crispadas se suceden a borbotones en una acumulación febril cuya riqueza contrasta y pone aún más al desnudo la desolación del sujeto que las convoca. Poema de una sinceridad brutal, donde el lector adquiere la condición de clemente y misericordioso, al ser seducido y atrapado por el lenguaje y musicalidad que el poeta confiere a sus versos con un acento desgarrador. Valga de ejemplo el fragmento que reproduzco:



Almenas gritarán mi inocencia culpable
y me hundiréis los ojos, me sacaréis las manos
del sitio de las manos, y gritaré mi verso
que tendrá su razón cuando ya bajo tierra
estéis todos vosotros sin que a tientas ninguno
pueda dar entre tanto esqueleto en penumbra
el número de huesos que tuvisteis viviendo.
Yo he controlado el alma que me tiembla en los ojos
por mucho que vosotros y que la patria mía
quiera poner mordazas, ojos recién nacidos
explicarán inexorablemente
mi aliento en las escuelas. Aunque los otros maten
mis sienes con el plomo que perdonáis vosotros,
aunque se cambie el curso sereno de los ríos
para ahogarme en sus brazos, mi lengua sin idioma
ha de sobrevivirme mejor que vuestras madres,
mejor que vuestros muebles y que vuestros relojes.
Aunque desnudo y pobre me echéis sobre el camino
y los míos no quieran recibir mi mensaje,
y de los mismos libros parroquiales borraseis
mi nombre y mi apellido, aquí en la sorda celda
os emplazo en el tiempo y el rigor de los días,
os desafío a todos mis momentáneos jueces
y no porque uno tenga más flores que el almendro
ni más luz en los brazos que las alas de un ángel.

Poesía de César González-Ruano en llamas (Cap.V)


d.b
MADRID. En 1940 Ruano se traslada a París debido a una fuerte crisis de salud, en la que creyó morir. Visitado alguna vez por el poeta francés Paul Eluard, Ruano vive prácticamente aislado de la sociedad, alejado de los ambientes literarios. Este es el período más extraño y fecundamente poético de su vida. El aliento poético vuelve con impulsos renovados, es entonces cuando compone Ángel en llamas, «uno de los libros de poesía más hermosos» en palabras de Francisco Rivas y Gerardo Diego. Es un poemario opaco, a diferencia de sus obras anteriores, de marcado acento simbolista, organizado según la severa arquitectura del soneto, sin lugar a dudas, un libro de plena madurez literaria. No obstante, las imágenes plásticas envueltas de ese humor fino que le han caracterizado, junto con las nostalgias y evocaciones que siempre ha conferido a sus poemas, siguen presentes en Ángel en llamas como sello inconfundible de su estilo. La belleza de sus versos alcanza cotas muy altas: «Monárquico clarín de lluvia fría, / puñales en la espalda jubilada / de un pobre sol herido en la estocada /azul del viento por la serranía»; así como en el terceto que escribe: «muestras rota de noche al impaciente / nardo con pecas que la luz marea, / colonial, más que el whisky adormecido». Aun así, la poca consideración que su autor se prestó a sí mismo, han contribuido a que pasara desapercibido el poemario. Ángel en llamas supuso más una catarsis o encuentro consigo mismo, que una demostración del verdadero potencial que ostentaba como poeta.

Antinoo y Adriano por César González-Ruano (Cap.IV)

Confuso y abatido: desertor de poeta

d.b
MADRID. En 1933 Ruano se instala en Berlín como corresponsal de ABC. Dedicado por completo en 1934 al periodismo, publica su primera antología poética: Aún. Sólo salen 300 ejemplares. Ruano no quiere que ninguno de sus ejemplares rueden por las librerías y sólo los reparte entre escritores y amigos. Por sus palabras, parece renegar de la poesía: «sólo soy un periodista y sólo periodista». Como se demuestra en el poema «Antinoo de la marina» sin Adriano, la confusión que gobierna su mente es perceptible: «¡Ay mediterráneas prosas / de un pensamiento barroco / que en salomónicas dudas / frente al mar me vuelves loco / y la conciencia desnudas». Los versos de Ruano son un cristal traslúcido de lo que piensa y de su situación actual como escritor. No hay que olvidar que él mismo solía repetir constantemente parafraseando a D´Ors: «lo que no es autobiográfico, es plagio»; por lo que no podemos aislar los mensajes que transmite en sus poemas de los acontecimientos que le van sucediendo en su vida. Uno de esos poemas, el titulado: «Sobre quien era aquél que dijo...», es completamente revelador del caos que sufre como poeta, cuya identidad, completamente perdida, parece abatida por el rechazo y marginación que ha padecido:


Alguien cuando pase el tiempo
y encuentre mi calavera,
el tiro que no me he dado
buscará en la sien entera.

Y en las cuencas de mis ojos
querrá adivinar tal vez
lo que vi... cuando veía
y que yo nunca miré.

A ese piadoso erudito
que busque el paso borrado
-¡un débil paso terreno!-
de la vida de un cansado
de sí mismo, quiero dar
esta confesión tardía
resuelta en un epitafio
pues que puedo todavía:

Vino, venció. Fue vencido
en lo que quiso vencer.
Escribió, y en el tintero
dejó lo que quiso hacer
por hacer lo que quisieron.
Y se fue.
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