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La maldición de Cervantes por César González-Ruano (Cap.III)

d.b
MADRID. A la hora de juzgar su primera producción literaria, Ruano se muestra autocrítico hasta rozar la crueldad. «Yo era notablemente malo...». De sus bibliografías excluye los diez primeros libros de poemas y sólo salva Viaducto. Amigo de la simulación, aparece siempre fechado en 1920, aunque se publicó en 1925. Injustamente olvidado, se trata de un largo poema de algo más de 300 versos, organizados en tercetos, donde predomina la irregularidad silábica y la ausencia total de rima. Es un poema nervioso, febril y crispado, un ejercicio de escritura automática que no tiene mucho parangón en nuestras letras. Un ampuloso caudal de imágenes, muy al estilo de las greguerías de don Ramón, que rozan el surrealismo más absurdo con dosis de humor punzante: «La comisión de pinos en la Moncloa / protesta de que orinen en sus faldas. / Déjame beber cerveza alemana hasta morir de gusto»; «Nuestra Señora se deshace en la copa de vermú / y el incienso se come con almejas»; «La rotativa se llenaba de pájaros-proclamas / de la aurora cubista donde cantan los patos». También se empieza a vislumbrar en Viaducto, el rechazo que ya sufría entre sus propios compañeros de generación y que años después se agudizaría: «No entendieron mi poema pero siglos desnudos / se bañan en la Obra llamándome Poeta / viniendo de puntillas por no turbar mi sueño». Su actitud fue siempre la de un visionario esperando que tarde o temprano se le reconociese como poeta. Pero la maldición de Cervantes parecía ya cernirse sobre él. El manco de Lepanto también luchó por ser un afamado poeta y sufrió el desprecio de su obra poética por parte de los críticos de la época. Después de haberse burlado en el Ateneo de él, González-Ruano parecía haberse vinculado -por avatares de lo esotérico- con Miguel de Cervantes, por el tenebroso destino que le aguardaba a su obra en verso.

En 1931 apareció la primera edición de su biografía de Baudelaire, momento a partir del cual se responsabiliza de su obra. En el poema «A Charles Baudelaire», Ruano encuentra en el poeta francés ese ángulo de confluencia entre romanticismo y modernidad, donde se siente como un ángel caído, mundano, sentimental y a veces desgarrado: «Te convoco en mi llanto, en mi alegría, / en tu negra, tu vino y tu deseo, / ángel canalla de la media gloria, / impar cadáver de los cementerios»; y otras veces con referencias y concomitancias con Las Flores del Mal deja entrever la poca aceptación que tiene su poesía: «No nos quieren así, rotas las luces, / con este idioma puro y extranjero / que dialoga, sin voz, con los fantasmas / de tierra sin Colón y mares muertos».

Mataron al «poeta» César González-Ruano (Cap.II)

«El autor del Quijote dicen que era manco, debe ser cierto, porque está escrito con los pies», César Gónzalez-Ruano en 1922 en el Ateneo de Madrid


d.b
MADRID. Con 18 años, Ruano escribe su primer libro de poesía: De la locura, del pecado y de la muerte. De aquel primer librito encargó mil ejemplares, aún lo están esperando en la imprenta para pagar trescientos de los que dejó a deber por el escaso éxito de ventas. Era el suyo un auténtico ardor por publicar al contrario que Federico García Lorca. A los 22 años tenía en la calle ocho libros de poemas. Con esta fecundidad paseaba su estirada figura por el Madrid bohemio y galante de los años veinte. Ruano lucía el bigotito impertinente, la pulserita de oro, los zapatos de ante y la manicura recién hecha. Como aristócrata libertario -llegaría a utilizar el título de Marqués de Cagigal años más tarde-, dandy y escritor preciosista fue conociendo ese Madrid «secreto y golfo» como el decía, que le llevaba desde sus primeras tertulias a perseguir pelanduscas por los barrios bajos. Sus primeros libros respiran el halo vanguardista del ultraísmo, que rendía culto a la máquina y al progreso, con especial atención a aeroplanos y velívolos, entre neologismos encendidos y metáforas noviformales, como las bautizó Borges.


De este movimiento poético, a César le atrae sobre todo la afición al escándalo. El joven Ruano, dispuesto a utilizar todos los atajos que conducen a la gloria, compromete en el Ateneo para el 2 de febrero de 1922 una lectura de poemas ultraístas suyos. Se presentó en el estrado luciendo un chaleco de seda rabiosamente amarillo y un gato entre los brazos. En vez de recitar los esperados versos, arremete contra el «cejijunto Ortega» y contra El Quijote, «cuyo autor -proclama- dicen que era manco, cosa que debe ser cierta porque el libro está escrito con los pies». El suceso suena en la prensa al día siguiente dejando muy mal parado a César González-Ruano con media estocada en su, por otro lado, corta carrera poética. Aunque realmente logró lo que perseguía. Ruano que había visitado al escritor Vargas Vila como consejero espiritual había tomado nota de los consejos que le dio: «cuide mucho de tener una leyenda, joven. Si no tiene difamadores haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada».


César González-Ruano mejor poeta que articulista (Cap. I)

d.b
MADRID. La vergüenza de muchos se oculta detrás de la virtud de unos pocos. Nunca sale a relucir, pero los asesinatos siempre dejan rastro. En la grieta más recóndita de esa cueva de los libros que encarna la biblioteca, existe un poemario, lleno de «versos malditos» recopilados en 1983 por la editorial Trieste, dirigida, por otra parte, por una de las mentes más maravillosas sobre crítica de poesía: Andrés Trapiello. Me refiero a la «Poesía» del tan laureado columnista César González-Ruano. Sumergirse entre sus páginas, pararse a contemplar los versos que pocos han leído y atreverse a comprender el sufrimiento de un hombre que «nunca fue poeta», es una expedición al centro de la envidia donde la verdad, como diamantes adosados a las piedras, es imposible no despojarla. Francisco Rivas como cicerone de la expedición me escolta en tan difícil empresa, cuyas palabras escritas y aquí sembradas sirvan para arrojar luz al desafuero que denunciamos a lo largo de estos ocho capítulos, que no dejarán a nadie indiferente.


César González-Ruano, uno de los escritores que más renombre y fama de buen prosista alcanzó entre los de su generación, no existe como poeta. Hoy nadie lo reconoce como tal. Y esto a pesar de haber escrito nada menos que 22 libros de versos. Sus innumerables amigos, discípulos e imitadores lo veneran como «gran periodista y maestro de periodistas», negándole no obstante el pan cuando cabalgó por otros campos. Uno de los más queridos, Manuel Alcántara dice sin recato alguno: «parece unánime el criterio de que en la lírica no alcanzó cotas muy altas, y que como narrador y novelista su significación es muy escasa» (César, prólogo a la segunda edición de Mi medio siglo se confiesa a medias, de César Gónzalez-Ruano, Ediciones Giner, Madrid, 1979). Ruano siempre se consideró a sí mismo «escritor en periódicos» y no periodista: «nunca me interesó ni poco ni mucho el periodismo, procuré desde mis primeros momentos hacer literatura en periódicos más que periodismo literario» (Mi medio siglo se confiesa a medias, primera edición, Editorial Noguer, Barcelona, 1951). César pertenece a la primera generación de escritores -nacida con el siglo XX- que entendían el periódico como medio de ganarse la vida. Fue aquí precisamente donde lograron su reputación y alcanzaron la gloria, sin ellos esperarlo, hasta que luego el peso de la fama les pasó factura a más de uno, como le ocurrió a César González-Ruano. El silencio unánime en torno a su poesía como apunta Francisco Rivas sólo se puede explicar como «reacción alérgica del parnaso frente al éxito social de una pluma a la que no se le caían los anillos por dar la cara día a día, frente al esnobismo de un escritor poseído por la voluptuosa necesidad de ser leído».


Gerardo Diego fue el único de su generación que le reivindicó como poeta: «desprendía en sus artículos una tenuidad, un calor humano tembloroso e inconfundible, la razón profunda de ello es que César era un poeta» (19-12-1965 en el Diario ABC). El poeta santanderino llegó a preparar una pequeña antología de la poesía de Ruano, que nunca vio la luz, y fue el adalid del único acto de exhortación de Ruano como poeta, en una sesión póstuma de la Tertulia Literaria Hispanoamericana. En dicho acto, Gerardo leyó su breve estudio César, poeta donde detalla la identidad verdadera de González-Ruano le pese a quien le pese: «poeta también, directamente, en verso, en poemas, en poesías de un levantado estilo y mayor ambición».

Toda una declaración de intenciones que no de amor

d.b
MADRID. La polla en verso pretende posicionarse en la blogosfera como guía de internautas en busca de comentarios, análisis y artículos sui generis escritos por el abajo firmante sobre libros, autores y asuntos de interés general en relación con la poesía. El blog abre sus puertas a todo tipo de lectores, desde los que quieran iniciarse en la poesía -les auguro una gran satisfacción- hasta los más prestigiosos escritores, editores, periodistas o críticos literarios que se topen con esta página y en ella se sientan cómodos. Sean todos bienvenidos.


El blog nace además con el objetivo de establecer un puente de intercambio cultural y artístico entre hispanohablantes de cualquier lugar del planeta. Un rincón abierto al conocimiento donde poder compartir entre todos la opinión de cada uno. La polla en verso pretende, sin ánimo de vender libros ni interés de otorgar premios, ofrecer una visión personal, crítica y creativa sobre el mundo de la poesía, con argumentos que se ajusten a la verdad y al compromiso de credibilidad que adquiero con todos vosotros.

Los niños quieren ser todos poetas

d.b
MADRID. Hay que empezar por el principio. No tienen edad y ya abren las páginas de la vida, solos y con descaro, con la desfachatez de sentirse, entre la gente que les rodea, los más queridos y los números uno. Les nace el ego antes que el vello de los sobacos, y a más de uno se le marchita antes la esfera de su sonrisa que el alarde de sus descuidos. Son los mejores y ellos lo saben. Dominan el verbo: dormir, jugar, fantasear, beber, tirarse por el suelo y gritar a los cuatro vientos: «Noooo». Negar es siempre el más bonito de todos los verbos que utilizan. Cuando la tarea que les piden no está dentro de su léxico, se ponen serios. Es entonces cuando se dedican a enseñar a los más desfavorecidos su amplia solidaridad: sentados en su sillita se ponen a dibujar el vergel donde reside el altruismo -observen cómo campan a sus anchas-. Así engañan a la gente.

Llegan tarde a casa, con una o dos brechas en la cabeza y un tatuaje grabado a fuego con el vino de su orgullo que tarde o temprano se trueca en irrevocable enmienda. Cuando juegan a las cartas con el viejo del tridente rojo, los demonios irremediablemente se llevan por el camino de la amargura a las madres de los apostantes. Lejos de cualquier vacile, se proclaman libres de todo pecado -pónganse a contar las piedras que tiran por capricho-. Su vida es una «fábula» que contara Javier Salvago. Son inteligentes y lo quieren probar todo: tienen pasión por la aventura. Y se dan a «la mala vida», y se permiten la indecencia de tratarla «a latigazos», y luego se quedan solos «dando tumbos en la frontera entre dos tiempos», y ahí acaba el poema. Porque una broma es el destino y otra bien macabra es la pregunta qué quieres ser de mayor.
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