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Entrevista con Manuel Alcántara (3ª Parte)

«No se admite ser poeta y columnista a la vez, porque por pereza mental te clasifican solo en un rango»

d.b
MADRID. La bibliografía de Manuel Alcántara es rica y amplia en poesía. Debemos señalar entre sus publicaciones: «Manera de silencio», «El Embarcadero», «Ciudad de entonces» (por el que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1962), «La Mitad del tiempo», «Plaza Mayor», «Anochecer Privado», «Málaga nuestra» o «Este verano en Málaga».
Escribe el profesor Martínez Albertos, tras haber analizado su columna personal, que sus artículos son una pura pirueta literaria, aséptica, sin intención de persuadir ni tomar postura por ningún tema. ¿Está en lo cierto?
Mi única intención es propiciar el libre pensamiento. Yo recibo muchas cartas de mis lectores. Juzgan el artículo no por la oportunidad o porque haya un adjetivo bonito. La gente lo que le gusta es que le des la razón y coincidas en el artículo que escribes con lo que ellos piensan. Yo admiro ese estilo viejo y liberal de no descartar que lleve razón el de enfrente, de no querer convencer a nadie. Cuando a don Pío Baroja le preguntan habiendo escrito más de cien novelas si sus escritos habían influido en la gente, don Pío que era un fenómeno de sinceridad respondió: «eso es como escupir en el mar». Cómo vas a influir en la gente. Aunque se han dado casos señeros en el periodismo como el Yo acuso de Zola. Yo no trato de convencer, ni de ver a cuántas personas arrastro, trato de presenciar, aunque inevitablemente tienes que dar criterios y opinión.
¿Distingue por tanto el artículo de opinión o de análisis, de lo que es la columna personal, que es más de estilo literario? Cuando escribe la columna, ¿se siente más escritor o más periodista?
Eso mismo lo dejó muy claro César González-Ruano cuando dijo: «yo no soy escritor de periódicos, sino escritor en periódicos». Lo que pasa es que yo creo que este estilo está destinado a la desaparición. No es lo mismo un articulista de opinión que el columnista. Tienes siempre ganado que alguien te lea si escribes sobre algo de lo que hable la gente. El tema caliente del día es el que está en el bar o en la taberna. Aunque no todos los días puedes hablar de la guerra de Irak, de la locura de los etarras o del bache del Real Madrid. El periodismo tiene que ser actualidad, aunque, por ejemplo, un día puedes hablar de las gaviotas, que aparcan fenomenal.
Dice Antonio López Hidalgo en su obra «Las columnas del periódico» que el columnista cuando recurre a la actualidad solo ofrece su punto de vista personal, porque escribe desde casa, no tiene acceso a fuentes propias y a veces comete el error de usar el rumor como fuente. ¿Es una falacia o lleva parte de razón?
En todo eso tiene parte de razón, por supuesto. La columna siempre da su opinión. Naturalmente glosa algún aspecto de la realidad, con más o menos talento, ingenio y oportunidad. Un periodista no es solo un rastreador de noticias. No me imagino a Larra yendo por las esquinas de Madrid cantando lo último que se decía, sino que hacía una meditación sobre un suceso.
Y cómo recibe usted a la musa de la inspiración. Nos puede ayudar a imaginarnos frente al papel en blanco dispuesto a escribir la columna de todos los días.
Siempre te da un respeto enorme escribir un folio todos los días. Para escribir con cierta confianza, antes me fumo un cigarro o me tomo una copa. Nunca improviso, pienso antes de qué va a ir. Analizo los periódicos en busca de mi tema, para que luego le pueda pegar unos muletazos templaditos. Hacerle una faena decorosa, que «esté aseado» como se dice en lenguaje taurino. Me tranquiliza mucho tener el título. Luego mi preocupación es no ser un predicador, ni dar la lata a nadie. No confundir frivolidad con ligereza.
César González-Ruano dijo parafraseando a Eugenio D´Ors: «lo que no es autobiografía es plagio». Cuando Manuel Alcántara escribe, ¿se confiesa ante los lectores?
Bueno, es una exageración. Yo creo que muchos lectores detestan la fórmula del «yo» y al articulista que repite constantemente «porque yo...». César superó los 20.000 artículos. Era un tiempo que el columnismo político estaba proscrito y hablaba mucho de su vida personal. Lo hacía muy bien mi querido César. Era el ser más lleno de literatura que he conocido.
Pero, ¿qué sucedió con César que nunca le aceptaron como poeta?
A César le conocía todo el mundo por ser uno de los más prestigiosos columnistas de la época. Pero no se admite ser poeta y columnista a la vez, porque por pereza mental te clasifican solo en un rango. Se debe al afán de etiquetar. Cuando yo iba al Café Gijón o al Teide a ver a César, me lo encontraba escribiendo, no su artículo de todos los días, sino versos, que después rompía. Él se murió un tanto dolido, por la falta de acogida seria de sus poemas. Su Balada de Cherche-Midi es magnífica.
¿Se siente usted igual de reconocido como poeta que como columnista?
Como diariamente desde hace muchos años escribo en Prensa y aparece mi foto en la columna, como columnista me siento más reconocido, a mucha distancia además. Por ejemplo, gracias a El Correo que tira más de 100.000 ejemplares, mucha gente me conoce en Bilbao por la calle, pero cuando recité allí unos versos, fue una sorpresa para la mayoría porque no me conocían como poeta. Pero la poesía por esencia es minoritaria. Yo nunca he visto a nadie hacer cola en una librería para comprar un libro de versos.
¿Le ha costado mucho llegar tan alto como columnista?
No, muy alto no creo yo que haya llegado porque me dan vértigo las alturas. He hecho de todo en el periodismo, los caminos no son fáciles, pero facilitan los premios eso sí. Hay gente que entra sin vocación, por haber visto una película. Es un oficio humilde, de amor por la verdad. Pero hay algunas cosas absolutamente bochornosas, que no tienen que ver con el periodismo. Por eso, yo pongo la televisión lo imprescindible. No me gusta eso de husmear en los maridos traicionados que tuvo fulana de tal y que piden las audiencias.
Acabando con los premios, obtuvo el González-Ruano y el Mariano de Cavia por artículos dedicados a la memoria de inolvidables amigos, como eran Tono y Federico Muelas, respectivamente. ¿Suelen ser estos artículos, los más difíciles a los que un columnista se enfrenta?
Sí, es cierto. Yo los escribí con lágrimas en los ojos. El género de necrológicas es muy duro, es prácticamente imposible escribir en caliente. La poesía se ha definido como una emoción rememorada en la calma. El periodismo exige la urgencia. Pero fíjate, Julio Camba, que era muy cínico, me contaba, «yo lo veo todo en forma de artículo: veo una vaca pastando y ya tengo un artículo; paseo por una ciudad y otro artículo; y cuando un amigo se muere, me pongo muy contento porque ya tengo el artículo de mañana» (risas).

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