Ferrater salió corriendo por donde vino y al rato apareció sorprendentemente y al completo el equipo negociador de los suicidas. Todos sus componentes se dirigieron al encuentro de los longevos para estrecharles la mano como muestra de saludo. Después, sin cruzar palabra y con miradas interpelantes, los suicidas se posicionaron a la izquierda del escenario, mientras los longevos quedaron en el margen derecho. Violeta Parra y Vicente Aleixandre, los dirigentes de sus respectivos equipos, dieron un paso al frente. La chilena, entonces, tomó la palabra:
– Iniciamos una nueva Elección de La Muerte con el respeto que los suicidas os tenemos a los longevos, deseamos que sea un debate correcto y se tome una decisión de interés general para la poesía.
Seguidamente, Aleixandre recogió el testigo:
– Os recuerdo suicidas que las dos partes deben quedar satisfechas del resultado. No aceptaremos que al término del mismo se vuelva a crear un clima de ganadores y vencidos como ocurrió en la última elección. Medid pues vuestro respeto y nuestro resentimiento quedará atrás en el debate. Confiamos en vuestra palabra. Por nuestra parte, nos mostramos abiertos para cooperar en el desarrollo del mismo con un talante exquisito y una educación digna de nuestra reputación.
Vicente había sido muy explicito. La voz de mando de los longevos continuó su discurso:
– Como es bien sabido por todos, tenemos derecho según acuerdo en la última negociación, a proponer a un único candidato a ingresar en el círculo de los poetas muertos, a defenderlo en este escenario y a llegar a un acuerdo para su efectiva incorporación con todos nosotros. Respetando a Ramón Sampedro, aquí presente, como último elegido, damos a conocer el poeta que nosotros proponemos. Su nombre es José Hierro. Pepe o Pepín para los amigos. Su prestigio en vida es innegable. Su carrera poética se fundamenta en un lirismo incomparable y un compromiso humano sin reproches. Pepe representa los valores que los longevos siempre hemos defendido: seriedad, compañerismo, esfuerzo, originalidad, dedicación, entrega, responsabilidad y equilibrio. Es auténtico y nadie lo puede negar.

Se hizo un silencio en la fosa, que fue roto por los aplausos de Neruda, Juan Ramón, Alberti y Bergamín. Pero pronto, Parra contrarrestó la ofensiva de los longevos:
– Debo empezar recordando el acuerdo al que se llegó en la última negociación y las concesiones que al final se hicieron en la misma por parte nuestra. Nosotros no fuimos los vencedores, sino la poesía. Siendo conscientes del derecho de iniciativa que poseéis, otorgado por nosotros en la última Elección de La Muerte, es nuestro deber en pos del interés general señalar que es innecesaria la presencia en estos momentos de José Hierro en el círculo de los poetas muertos. Inhumano es no querer verle vivo y cortar de raíz su carrera, por otra parte ilimitada todavía hoy. Él que vosotros decís que será uno de los grandes de la Historia de la Poesía, no os perdonaría por el resto de su vida eterna si lo elegís precisamente ahora, que suena como Premio Nobel.
– Que digáis vosotros eso, Violeta. –saltó Aleixandre–. Vosotros que a lo largo de los tiempos habéis demostrado no tener corazón. Vosotros que habéis truncado la vida de tantas familias con la elección equivocada y fatalista de poetas como José Agustín Goytisolo, al que arrojasteis por la ventana sin él pretenderlo, a Pedro Casariego, que confundido se tiró a las vías del tren, a Miguel Hernández, que os lo llevasteis encerrado en una cárcel dejando esposa y bebé porque era joven, por no mentar a Federico García Lorca… Precisamente aquí donde nos encontramos, en ésta, su fosa, sin su presencia, donde no descansa aún, poeta errante en las sombras del infierno que busca sin éxito su descanso eterno que no llega.
– Federico era y es uno de los nuestros. Era un joven caótico, libertino como pocos, bohemio y ¡surrealista! Fue perseguido, no te confundas, cuando encuentre esta fosa se posicionará con nosotros, pues así lo elegimos en su día.
Violeta Parra hizo una pausa y siguió hablando:
– Pero no es ese el foco de interés que nos reúne. No quiero entrar en polémicas estúpidas, prefiero quitarle hierro al asunto y anunciaros a Leopoldo María Panero como verdadero candidato. Hijo y hermano de poetas. La mente más ingeniosa y fatalista, que aún hoy perdura. Se iguala a Pepe en prestigio o incluso lo supera. Es un poeta maldito destinado con su sola presencia a glorificar el círculo que habitamos y a capitanear el grupo de los suicidas. ¿Lo intentamos?
Vicente Aleixandre estuvo a punto de perder los nervios. Se lo llevaban los demonios por el cambio exabrupto que Violeta había dado en la negociación. Tomó aire y con la virtud de la paciencia inició su respuesta:
– Pero quiere vivir. Leopoldo nunca ha querido a La Muerte. Nunca intentó suicidarse y ahora en el manicomio pone orden a su mente. Ya tuvimos hace tiempo el mismo debate con Jacobo Fijman y nos dieron la razón. Cuando sucedió lo de Pizarnik se demostró entonces la inconsistencia de los argumentos que hoy, testarudos, volvéis a mencionar. No cambiéis de tema mi querida Parra. Hoy se viene a negociar el ingreso de José Hierro. A él y no a otro, le ha llegado la hora de La Muerte. Tenemos la iniciativa. Abre tus ojos verdes «Parra», que quiero oír el mar.
El golpe de efecto se había producido. El verso de José Hierro recitado por Vicente entusiasmó a los longevos y sedujo a los suicidas. La dirigente Violeta Parra se había quedado prendada, sin poder contrarrestar con respuesta alguna la ofensiva de Aleixandre. Fue entonces, cuando menos se lo esperaban los allí presentes, cuando apareció La Muerte. Y así les habló:
– Siento mucho comunicaros el aplazamiento de este debate hasta nueva orden. Tomo nota de todo lo acaecido. Don José Hierro será por tanto la Elección de La Muerte. Cuando yo os avise más adelante, os convocaré de nuevo para negociar la fama con la que el madrileño dejará el mundo de los vivos y pasará a la Historia de los Versos. Pero eso es otro capítulo. Dispersaros y no habléis más del asunto. Os lo prohíbo.
El equipo negociador de los suicidas fueron los primeros en irse cada uno a su ciénaga, con cara de desolación y refunfuñando por lo bajo. Los longevos irradiaban serenidad como consecuencia de la buena preparación que habían hecho horas antes, cuya planificación estratégica había salido a pedir de boca. La fosa de Federico quedó abierta, triste y sin un alma. Allí sola se quedó La Muerte, mientras reía.
José Hierro hace de juez de la contienda en el duelo Sabina VS Lope de Vega: