LISBOA. Le echaron. Condenado por bueno, en el buen sentido de la palabra. Así va el periódico, con firmas de agencia saliéndose por las columnas. Cuantas veces contemplé a los que mandaban inquietos, desesperados, rezando que apareciera, cagados a más no poder por el temor de caer en el ridículo, anhelando un poco de luz que les mostrase el camino a seguir. Y él se lo daba, con la alegría de un niño que ilumina todo a su alrededor, sin compromisos ni intereses de por medio, porque era un profesional, que, sin él proponérselo, sentaba cátedra a jefes, compañeros y becarios. No se arrimó nunca a nadie, el querer ascender no era su meta, sino hacer su tarea con la misma humildad e ilusión que el periodista que empieza sin estar todavía corrompido. Tal es el caso, que sin faltar a su trabajo y dedicación, antes prefería morir de pie defendiendo su ética periodística por no querer firmar una noticia maliciosa que le obligaban a hacer, que comerse de rodillas la tranca hasta el fondo como otros tantos pelotas y correveidiles de turno tragaban y siguen tragando.

Su compañerismo y entrega son punto y aparte. Tres y cuatro páginas en un día, más la sección bursátil de fondo, devoró con placer en multitud de tardes gloriosas, sin dejar de lado a sus amigos, con los que entre noticia y noticia fumaba el cigarro de rigor desconectando de la cosa económica a la que no mencionaba. Vitalidad admirable, si a lo dicho le añadimos que no dudaba en ayudar a quien lo necesitaba, corrigiendo textos o redactando noticias de última hora, sin mirar la hora de salida, pues no era del copiar y pegar. Y para el que no se lo crea, después se iba de fiesta hasta las cinco o seis de la mañana, que quién lo quisiera para así.
Es injusto y se repite constantemente. Duele la ceguera de aquellos que no quieren distinguir entre los que son números uno por mérito propio, frente a los que están para hacer bulto mientras pisan la cabeza a sus compañeros; entre los que son verdaderos profesionales, frente a quienes por amiguismo calientan una silla; entre los que levantan el periódico y lo hacen mejor todos los días sin descanso, frente a los enchufados que no dan una exclusiva ni aún teniéndola. Los que no tienen donde caerse muertos siguen todavía en la ciénaga de siempre. Los que no tienen miedo a abandonar el nido, eternamente vuelan alto y construyen su hogar con los principios y valores más rectos.
Así pues, que se pudran, parafraseando a Yoko. Al fin y al cabo los calaveras se ríen a gusto mientras se van de fiesta. Jajajajajajajaja.
(Desde el exilio, sin ánimo de ser una necrológica).
De injusticias la calle está llena. Aquí otra historia para no dormir. Yo no me río de la Muerte:
menéame la polla ...





